domingo, 15 de octubre de 2017

CERRAR LA PUERTA. Por Juan Manuel Roca *. Prólogo del libro “Cerrar la puerta. Muestra de poetas suicidas. Ediciones Holderlin, Medellín, Colombia, 1993. NTC ... Registro

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CERRAR  LA  PUERTA

Por Juan Manuel Roca *



Bogotá, noviembre 2 de 1992
Prólogo del libro “Cerrar la puerta. Muestra de poetas suicidas.”
Prólogo y selección por Juan Manuel Roca. Ediciones Holderlin, Medellín, Colombia, 1993.
Hay poetas que abren la puerta al suicidio, y de hecho, muchos de ellos lo hacen hablando de la muerte voluntaria, en algo que los griegos llamaron catarsis, sin llegar jamás a cometerlo. No es otra cosa que aquello que hizo Dostoievski, escribir de crímenes y vejámenes para no cometerlos en la realidad más inmediata. Hay quienes planean su muerte con paciencia de relojero, y sin embargo nunca dan el salto al vacío.

De cualquier manera, una legión de poetas se ha ido del mundo dando un portazo, cerrando la puerta con un sonido detonante y trágico. El pistoletazo de José Asunción Silva aún resuena en las noches de un barrio bogotano, con ese sonido similar al que ejecuta el viento al cerrar una puerta que nunca sabemos si es de entrada o de salida.

Ocurre que en el largo pastoreo de abismos que es oficio del poeta, el suicidio se presenta como opción, como tentación desde el más irrompible silencio. Una suerte de crimen de sí mismo no necesita nunca de coartadas, aunque sí de la complicidad del cuerpo, por enajenado o desconocido que resulte a la hora de la ejecución. El suicida es víctima y victimario, cómplice y testigo, cuerpo del delito y, como si fuera poco, lugar de los hechos, escenario de la tragedia. Si "yo es otro", como en la premisa de Rimbaud que ha sido divisa de toda la lírica contemporánea, el poeta suicida es el doblemente desdoblado que ha podido matar a su otro. Fue un poeta quien dijo que el suicida es un asesino tímido. Y fue otro poeta, Vladimir Holán, el que en su espléndido poema Una noche con Hamlet, traza como con un carbón la duda que puede asaltar a alguien que aún no sabe de qué lado del disparo se encontraba. "O sonará un tiro y él pensará: me he matado... O sonará un tiro y él pensará: ¡Soy un asesino!", exclama Holán.

El carácter de esta antología tiene que ver más con la belleza de esta poesía que con el hecho de haber sido escrita por suicidas. Sólo incluimos a un poeta de Oriente, Tamiki Jara, no sin recordar que el Japón tiene como rasgo aún más heroico que Occidente su concepción del suicidio, unos rituales más estrictos, como el seppuku, esa autoinmolación que hace sólo dos décadas realizó el gran escritor Mishima en compañía de un puñado de discípulos. Según palabras del propio Mishima, fueron a cumplir con lo que denominó, casi sin importancia, "el incidente". Lo cierto es que todos estos poetas reunidos acá, de hecho podrían estar inmersos en aquello que Walter Muschg llamó Historia trágica de la literatura. Pero tragedia no quiere decir, necesariamente, ausencia de ironía. Por supuesto que el rasgo común de los antologados tiene que ver con un trasunto trágico, con ese buscar el atajo hacia el "allá", aunque a veces sea, también, una travesía hacia la gloria, aquella que para el viejo filósofo no fuera otra cosa que "el sol de los muertos". Porque el suicidio jerarquiza, otorga a veces un status mágico, crea una suerte de hipnosis reverencial, y no faltará el creador de medianías que busque ese hecho honorífico: hasta morir puede ser un hecho fraudulento.

Entre el suicidio largamente meditado y el suicidio realizado por una suerte de rapto, no hay una estética divisoria como entre los poetas racionales y los inspirados: la estirpe del suceso los emparenta, los tribaliza en una especie de opus nigrum. Es raro el suicida que no opere con lucidez, aunque no falte quien durante una oscura borrachera se elimine. Es el problema del alcohol: alguien puede suicidarse y al día siguiente no acordarse de nada. Porque sí, el suicidio ha sido, también, objeto de textos satíricos. No recuerdo quien, un poeta inglés en todo caso, escribió este texto desacralizador y aleccionante: "las drogas producen calambres, el nudo corredizo cede, el gas huele mal, el disparo despierta a los vecinos, los precipicios producen vértigo. Bien, puedes seguir viviendo". Lo anterior, como aviso para crearle un Vade retro a los suicidas vergonzantes, a los no convencidos por el gesto del silencio, pero no para aquellos que como Kleist buscaban una compañía como requisito único para cerrar, definitivamente, la puerta. Ya Lautreámont decía que nadie quisiera usar "la corbata de Nerval", la soga con la que el poeta colgó su cuerpo y su sombra y, posiblemente, su ángel de la guarda.

Al suicida convencido nada puede detenerlo. Se sabe, sin embargo, de un antiguo rey que ante la oleada de suicidios de mujeres en el reino, optó por promulgar una ley según la cual, mujer que se suicidara sería expuesta desnuda en la plaza pública. Santo remedio, la desnudez, que en aquellos tiempos sólo era privilegio teórico del espejo -el único que podía asistir a la intimidad de las doncellas- pudo más que la idea del castigo eterno en las calderas del infierno.

Jacques Rigaut, el enigmático inventor de la Agencia general del suicidio, que dio su aldabonazo a la edad de 30 años, decía: "Intenten, si pueden, detener a un hombre que viaja con su suicidio en el ojal". De hecho, esa flor del suicidio que portara Rigaut, no se marchitó durante años. Así lo señala André Bretón en su Antología del humor negro: "Finalmente, el 5 de noviembre de 1929 ha llegado el instante. Jacques Rigaut, después de minuciosísimos arreglos personales y aportando a esta especie de salida toda la corrección exterior que exige no dejar nada fuera de sitio, prevenir por medio de almohadas toda eventualidad de temblor que pueda ser una última concesión al desorden, se dispara una bala en el corazón". Un gesto que repetiría, sin saberlo, de nuestro suicida: ya Silva había dibujado en su pecho el mapa de su corazón, y alojado en él un balazo fulminante. Ahora, un biógrafo suyo dice que el poeta (lo debe confundir con el Croniamantal de Apollinaire), fue asesinado. En Colombia hasta la historia de un suicidio tiene pena de muerte.

Otros antiguos disparos resuenan en la noche romántica. Marcel Brion se pregunta luego de leer en un drama de Kleist, una imagen de afirmación vital -"la vida vale mucho cuando se la desprecia"- si "fue el disparo de pistola que mató al poeta el gesto de un hombre que desprecia la vida". El misterio es el común denominador del suicida, y esto, agregado al misterio de la poesía, crea un ámbito de rara, dolorosa, ambigua belleza.

La posibilidad del creador de poesía, lejos de la intonsa cultura de lo comprobable, aquella que se afinca en la más precaria realidad, le permite dibujar una puerta, tocar su aldabón y, luego de cruzar su umbral, desdibujarla con su estilógrafo cargado en tinta de sombras. Arte de mago, de taumaturgo, de escamoteador de apariencias, cerrar la puerta no es otra cosa que hacer invisible lo visible.

Por supuesto, este volumen no es, ni apologético, ni mucho menos reprobatorio del suicidio. El lector está en libertad de no abrir las puertas de este libro, de no entrar en esta galería de seres desdichados, malditos, místicos, revolucionarios, videntes, vesánicos, anarquistas, olvidados, anómalos, prestidigitadores, réprobos, relapsos. Pero si lo hace, si entra en esta casa habitada por sus voces, podrá encontrar la poesía de una tribu de impacientes que antes de decidirse por sí mismos a cerrar la puerta, nos dejaron un testimonio de su asombro.

Juan Manuel Roca*        
Bogotá, noviembre 2 de 1992
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Juan Manuel Roca
recibe su "Espantapárrafos"
Octubre 14, 2017

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Texto publicado parcialmente en:
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SUICIDAS, SUICIDADOS Y SUICIDABLES
Por Jorge Enrique Adoum   (Ambato, 29 de junio de 1926 - Quito, 3 de julio de 2009)
REVISTA DINERS,  NOVIEMBRE 1993
Re-Publicado el domingo, enero 27, 2013, en:
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